Ayer vi por primera vez una película de Indiana Jones.
Si, yo como al contrario de la gente, empiezo por la última, aquella en la que el joven Indi ya no es tan jóven.
Empezó bastante bien, porque nada más llegar al cine aparece Indiana ( o puede que su doble) con su gorrito de explorador, me coje en sus brazos y… !dipara!, una foto.
Nos sentamos con nuestro bote de palomitas, el de alguno más grande que el de otros, y comienza la acción. Harrison está mayor, pero se mueve con agilidad, se mete en su papel de intrépido arqueólogo a la perfección, esta vez buscando una calavera a la que se atribuyen poderes sobrenaturales.
La peli contínúa y parece que a Harrison empiezan a pesarle los años, y a mi los párpados, menos mal que de vez en cuando se escucha la siempre memorable banda sonora de Indiana Jones.
Gracias Spielberg por dar a conocer a los amantes de Indiana, un personaje como Francisco de Orellana, sólo una puntualización, Orellana no pudo haber muerto en 1500, ya que todavía no había nacido, y por otro lado ¿ese era Orellana o Pizarro?.
Tan mal sabor de boca no me ha dejado, cuando planeo ver el resto de las aventuras de Indiana.
